Alex Miro

“Un ciervo herido salta más alto”, Emily Dickinson (1830-1886 · Amherst, Massachusetts)

gawain winkelmann von fierenbrass

Andaba por el casco antiguo recorriendo calles y callejones, viendo el ir y venir de gentes de varios rincones del mundo. Se podían apreciar olores y fragancias que evocaban días pasados, situaciones pretéritas y recuerdos añorados. Pasé por delante de una panadería vetusta. Los ventanales de sus escaparates no habían descubierto aún el doble cristal, ahí no había diseño ni juego de luces. Ningún decorador había pasado por aquel local a aconsejar ningún color o disposición del mobiliario. Es más, aquel mobiliario llevaba ahí más de medio siglo.

Al entrar en aquella panadería un suave y cálido aroma a pan invadió mis sentidos. Hacía años que no olía aquel perfume a pan recién hecho. Aquel panadero había resistido valientemente durante años a las hordas de las barras de pan de la capital, y ello tenía su mérito.

Una mujer salía con su hijo mientras éste desmenuzaba un bollo con azúcar mientras el panadero guardaba la moneda con que le habían pagado en un cajón de madera con los cantos y bordes romos y desgastados por el paso de los años.

Aquel hombre me atendió amablemente y me sirvió un buen corte de coca de panadero que me proponía comer en casa con un buen vaso de leche caliente. Como si de un ritual se tratara cortó aquella masa tostada con su guillotina y la envolvió en un clásico papel color pardo. Intercambiamos unas palabras y me despedí cerrando suavemente aquella puerta que sufría de los goznes. Cuántos años sin ver aquel papel pardo de panadería.  La verdad es que me había acostumbrado a la sosa barra de pan que acostumbraba a comprar en la gran ciudad.

Abandoné aquella reliquia de panadería sujetando con una mano la coca de panadero que evocaba mí ya lejana infancia. El azúcar y el anís de la coca empezaron a empapar el papel. Debería haber pedido una bolsa.

Seguí caminando por aquellas calles. Ignoraba que esas tiendas siguieran abiertas, y mi duda era saber cómo se mantenían. Los escaparates oscuros alternaban con las porterías estrechas y sombrías. Escaparates anclados en un estilo trasnochado que no por ello dejaban de tener su interés. No ofrecían nada de interesante para comprar, pero sí para detenerse a mirarlos con detenimiento y curiosidad. Me detuve en una extravagante tienda de sillas antiguas. No habían más de dos iguales, de distintos estilos y modas, clásicas, rústicas o simplemente viejas. Me llamó la atención un pequeño sillón estilo isabelino tapizado burdamente con una gruesa tela verde botella en cual reposaba un grotesco payaso de porcelana en tamaño natural, tuerto, que me miraba fijamente. A aquel muñeco con la cuenca del ojo derecho vacía me estaba pidiendo a gritos que no entrara en la tienda. Acercando la cabeza al cristal vi que el payaso con la oquedad estaba solo en la tienda. Tampoco hacía falta que hubiera nadie; mientras el dueño estaba en la trastienda aquel bufón de aspecto cíclope y de mirada inquietante mantenía a raya a los curiosos molestos.

Hice caso de aquel ojo siniestro y seguí caminando calle abajo.

Había paseado numerosas ocasiones por aquel barrio, pero ese día los hados quisieron que encontrara una estrecha y poco transitada calle en la que nunca había reparado. La placa de mármol de debía indicar su nombre había desaparecido, y a juzgar por las marcas de la pared, de eso hacía ya mucho tiempo.

Miré al cielo, estaba oscureciendo. Miré el reloj, estaba cayendo la tarde.  Decidí desviarme de mi ruta y romper por aquel pasaje.

Dos ancianas entraban en una pollería toda alicatada con baldosas amarillas. En una gran mesa del mismo material reposaban varias decenas de pollos y varios conejos inertes con los ojos salidos. Me acordé de la mirada del payaso. Dentro estaba una mujer con el delantal manchado de color carmín cortando los cuellos de las aves desplumadas. Otro olor me vino a la cabeza, en este caso no tan agradable, a carne cruda sin guardar en la nevera. Aceleré el paso con cara de asco. Pero caminé sólo veinte metros más.  Me detuve frente a una tienda que llamó mi atención.

Una estrecha puerta y un escaparate con una cortina color granate sin correr que mostraba unos montones de libros usados que reposaban en una mesa cubierta con el mismo terciopelo igual que la cortina.

Miré en lo alto del escaparate. No figuraba ningún nombre; tan sólo un marco de madera agrietada y color marino desgastado por el sol.

Me acerqué al cristal y vislumbré más libros en el interior, estanterías y un mostrador con más libros.

Estaba decidido a entrar en aquella tienda. No sabía ni para qué. Empujé sin seguridad y de forma dubitativa aquel pomo de latón desgastado y entré. Un fino trinar me dio la bienvenida.

A mi derecha se encontraba un canario amarillo que descansaba libremente en una estantería. Seguramente fuera el ruido al cerrar la puerta, pues el pájaro emprendió el vuelo y se refugió en una jaula dorada que había en el fondo de la sala.

Aquella tarde pasaría a la historia en mi pequeña y calva cabeza como la jornada de los olores. Mi pituitaria se deleitó con un olor a papel viejo. Añejo.

No sabría explicar ni revelar el olor a papel antiguo, esos viejos libros con el lomo medio descosido con pequeñas manchas de color siena tostada provocadas por el paso del tiempo como si de la piel de un anciano estuviéramos hablando.

Enfrente, a unos veinte metros se encontraba un largo mostrador de madera. Libros y más libros dormían en ella esperando ser manoseados con cariño.  Detrás del mostrador otra gran cortina de terciopelo burdeos cubría toda aquella pared. Unas robustas estanterías acogían centenares de tomos con lomos de unos colores oscuros y apagados, azulones, verdes, granates y ocres creaban un curioso arco iris. Aquellas librerías sostenían gran cantidad de libros, fajos de papeles amarillentos atados, y otros de enrollados del mismo color. Estudios y tratados en su mayoría poblaban aquellas aldabas que con paciencia aguantaban aquellos tomos. Observé con detenimiento un inmemorial grabado de estilo clásico apoyado en otros libros. Representaba unos hoplitas griegos que tañían sus armas, estaba protegido con un anca marco de madera y un fino cristal que no había evitado que fuera víctima del paso del tiempo llenando de máculas aquella imagen.  Alcancé un tomo con el lomo descosido y roído por los años. En la portada se leía con dificultad su título en letras doradas: “El participio. Una ‘D’ y una ‘O’”. Me disponía a ojearlo cuando una serena y a la vez firme voz me saludó:

-Propicias tardes. Buen ejemplar. La gente ya no recuerda que es un participio. Le han robado la ‘D’. Si yo fuera médico en un hospital le diría que tenemos al participio en la U.C.I., en estado grave y con pronóstico reservado. ¿En qué puedo ayudarle?

-Buenas noches. Estaba…bueno, me disponía a ojear este libro…

-¡Magnífico libro, sí señor! Fue publicado por el insigne doctor Alistair Schramm de Ammeldingen an der our en 1922. ¡Mierda! Pero si lo desea tengo un tratado sobre el mismo tiempo verbal que data de finales del siglo dieciocho; lo tengo en la trastienda bien guardado.  Lo lamento, pero es que los participios no son mi especialidad. Poca cosa más le podré mostrar…

-Ya…

-Permítame que me presente, soy Gawain Winkelmann von Fierenbrass. Regento esta tienda, y no diré negocio, desde que mi difunto padre dejó este mundo y se reunió con el Creador. ¡A la puta mierda! ¡Joder!

Ignoraba la naturaleza de aquellos exabruptos, pero mentalmente intentaba relacionarlos con algo de naturaleza clínica. Gawain Winkelmann von Fierenbrass había aparecido sigilosamente de detrás de esa alta y gruesa cortina de terciopelo que sin duda separaba esa estancia de la trastienda. Se situó detrás del mostrador y mientras me hablaba, cambiaba unos libros de sitio. Seguramente los habría ya cambiado dos o tres veces esa semana, en esta ocasión se limitó a desplazarlos al lado derecho del amplio mostrador. Apenas quedaba espacio en aquella mesa para atenderme, pues la parcela libre de libros estaba ocupada por una bella lámpara de mesa con una limpia pantalla de cristal de Murano color rubí.

Delante suyo estaba yo, escuchando, mirando aquel hombre a la vez que volteaba mi cabeza mirando las estanterías e intentaba leer más títulos. Había dejado sobre otra mesa gastada de caoba el paquete con la coca que había comprado, iba a manchar la mesa pues el azúcar de la coca empezaba a estar pegajoso. Debería haber pedido una bolsa. Había tres mesas más en la tienda, dos repletas de libros que rivalizaban por ser el más alto montón, y otra que estaba vacía, en ella dejé mi paquete.

Aquel hombre lucía unas gafas con una gruesa montura de concha color avellana. No creo que tuviera graves defectos en la vista, seguramente debía adolecer de un defecto de vista cansada pues por su aspecto seguramente había leído todos aquellos libros. Aunque su calva era brillante, peinaba un sobrio cabello gris bien tratado. Vestía un traje a cuadros de Gales y una camisa azul celeste confeccionada con tela Oxford; no llevaba corbata y tapaba su garganta con un pañuelo azul con muestra elegantemente anudado. Rondaría los setenta años, pero aquel porte y aquellas canas repeinadas le daban un cierto aire aristocrático, interesante y a la vez misterioso.

Sus facciones eran de una persona calmada y afable. La mirada de sus ojos azules era dulce. Aquella dulzura enseguida se convertía en algo simpático pues de vez en cuando cerraba intermitentemente su ojo derecho a modo de tic. Aquellos insultos y aquel tic en el ojo me habían ayudado a descubrir que, sin duda alguna, el hombre padecía el síndrome de Tourette. Al no ser de un grado muy pronunciado no le di importancia. Recordé que un viejo amigo de mi padre restó importancia a esos pequeños tics nerviosos; pues los relacionaba con la posesión de una gran personalidad y genialidad por parte de la persona que los adolecía.

-¿Me está escuchando, caballero? ¡Joder!

Pensando en esos tics y el amigo de mi padre había quedado yo absorto, tenía al individuo delante pero no lo oía, sólo veía su cara como se movía, su boca gesticulaba y sus brazos lanzaban ademanes en el aire.

-Perdón… estaba pensando… ¿Cuántos libros tiene?

-No lo sé. Tengo cientos de libros. ¡La puta! Llevo años queriendo hacer un inventario de mi fondo, pero nunca me pongo.

-Me ha dicho que era el libro del participio. Y que tenía otro. ¿Qué otros libros tienen? No los había visto nunca.

-Ni los verá en otra parte.

Tomé mientras conversaba otro tomo de encima la mesa. Estaba bien cosido, poseía un fuerte lomo, y en su tapa forrada en tela había grabado un título: La última vocal.

Lo abrí mientras él me señalaba los libros de la parte alta de las estanterías. Mi sorpresa fue al ver que las páginas del libro estaban en blanco. Pero el misterioso personaje estiró su largo brazo y me arrancó súbitamente el libro.

-Éste está aún por escribir. Pero deje que pase el tiempo.

-¿Qué tipo de libros vende usted? Son novelas, cursos, no sé, no lo entiendo…

-Querido amigo, lamento haberle inducido a esta confusión. Debo decirle que estos libros no están en venta.

-No le entiendo…

-Le comprendo, nadie entiende esta tienda, este museo. No se deje engañar por las apariencias, la costumbre, yo no vendo nada. Colecciono, recojo. De no existir yo, ni este local, si mis antepasados no se hubieran encargado de recogerlo todo y protegerlo a buen recaudo ya no quedaría nada. Estas décadas no son buenas para su salud. Mis antepasados en su momento recibieron este encargo, y ahora es mi sino, debo ser el guardián, guardarlo para que de aquí unos años, lustros…, o siglos, podamos recuperarlo de nuevo. Yo, desde aquí. Otras personas desde otras ciudades. Somos una gran hermandad que velamos por ello. Parientes míos viven en Ciudad de la Luz, y ellos, desde allí protegen aquello que les ha sigo encomendado.

-Sigo sin entender…

– ¿Sabe lo que es un diptongo?

-Un diptongo… Sí, era lo de las vocales… Sí, dos vocales juntas, que no recuerdo que les pasaba.

-¡No recuerda, dice! ¡No recuerda! ¡Capullo! ¡Perdón! Perdón, perdón…–gritó el individuo. Su tez enrojeció, una vena se marcó en su sien, sus ojos se llenaron de furia por unos instantes. Fue un corto intervalo, después recuperó su calma y su flema.

-Hace años que no los toco.

-Por eso mismo. Eso es lo que pasa. Si no recuerda que es exactamente un diptongo, menos sabrá que es un dígrafo.

Respondió Gawain Winkelmann von Fierenbrass reposadamente. Volvía a hablar con calma. Sacó una pipa vacía y se la puso en la boca. Mientras acariciaba su pulida madera, se me quedó mirando, se sacó la pipa de la boca, apretó los labios y  calló unos segundos mientras su mirada se clavaba en el techo.

Bajó la cabeza, me miró fijamente, y prosiguió:

-Mire amigo, me ha caído bien. Teniendo en cuenta que la mayoría se cree que un diptongo es un contubernio en el boxeo, usted recuerda aún algo del maravilloso mundo de los diptongos. Le voy a contar algo.

No sabía yo donde mirar ni como reaccionar. Estiré el brazo y acerqué mi muñeca para mirar mi reloj.

-No se preocupe. No le entretendré demasiado. Cuando esté agotado puede marchar. Y si no, podrá cenar esa coca que seguramente habrá comprado en la panadería de la vieja Heloise, gran mujer. Pero veo que el azúcar está perdiendo el papel. Debería haber pedido una bolsa.

Tome asiento, si se espera le traeré un poco de vino.

El hombre dio media vuelta y desapareció detrás de la pesada cortina. Volvió con una botella y dos copas que sujetaba entre los dedos de su mano.

-La palabra diptongo procede del griego y quiere decir dos sonidos. Se utiliza para describir un sonido que consta de dos timbres diferentes: empieza por una vocal y termina en otra distinta, se desliza de una a otra sin interrupción dentro de la misma sílaba. Pero deje que me siente y le cuente con calma.

-No hay nada como un buen caldo para hablar de diptongos. Y mejor si se comparte.

Posó cuidadosamente las copas y vertió en ellas una justa cantidad de vino. Sujetó su copa, la alzó y mirándola a contraluz empezó a susurrar

-Profundo color cereza picota con ribetes púrpuras. Brillante y vivo. Aroma elegante, limpio y complejo, mantiene una perfecta armonía entre las frutas confitadas y sobremaduras realzadas por un fondo finísimo de madera.

Se llevó la copa a la boca y dio un pequeño sorbo que no se tragó. Lo paladeó mientras miraba a su alrededor, observaba aquellos libros e intentaba cazar con su nariz el olor a papel antiguo.  Vi en su cara un cierto rictus orgásmico. Continuó:

-En boca se muestra en un principio discreto, amplio y cálido, suave con cuerpo y nervio. Sorprendentemente se abre y se muestra largo y con una persistencia aromática característica de este buen vino. Aunque el mérito no sólo es de este caldo. Añádale este ambiente, la esencia que su olfato adivina y unas notas del gran Mozart. ¿Ha oído hablar del orgasmo musical? ¿Y del orgasmo gastronómico? Perdone, me estoy desviando. Le hablaba de mezclar todas estas sensaciones, el vino de sabor intenso, el aire espeso con efluvios de papel añejo que se respira, la luz… Esto para mí, llegado por otros medios.

Bebí un poco de ese vino. Tenía razón, no era yo un gran experto, pero supe valorar la gran calidad de ese mosto. Dejé la copa y fruncí el ceño esperando que continuara su perorata.

-Debería recordar, que un diptongo es el conjunto de dos vocales dentro de una misma sílaba, una de las cuales será siempre una vocal cerrada, es decir una i o una u.

-Hace ya muchos años…

– ¿Sabía que cuando dos vocales que aparecen juntas dentro de una misma sílaba son abiertas, podemos afirmar que no hay diptongo? Por ejemplo, existirá diptongo en palabras como avión, cuerpo, viudo, pero no en héroe o ahora…  esto se está olvidando. La gente ya no los usa, no respeta nada, ni acentos ni diptongos. A todo le llaman acento… ¡Olvidan la tilde! ¡Cabrones! Deje que le cuente una cosa: tenemos diptongos crecientes, formados por una vocal cerrada más una vocal abierta: ia, ie, io, y otros más que ahora no le diré para no liarle.

Tomó un pequeño sorbo, lo paseó por su boca, y continuó hablando:

-Ahí van otros, lo diptongos decrecientes, formados a su vez por una vocal abierta más una vocal cerrada: ai, ei, oi, au, eu, ou.  La semana pasada me llevé unos cuantos a mi casa y practiqué con ellos. Escribí ese tomo entero con ellos. Y ahí está, esperando que alguien lo lea un futuro incierto. –Señaló un libro verde que estaba al pie de la lámpara de la mesa mientras sorbía más vino.

-Buen vino… ¡Vaya vino hacen los cabrones! ¡Hijos de puta, no hay quien los supere! Ni los franceses. Hablando de franceses… ¿Sabía que ellos tienen el mismo problema? ¡Y los ingleses también están en la labor, que tienen los diptongos más cortos y tensos que los nuestros! Pero estos últimos no me dan pena, son fuertes, son nuestro enemigo. Tenemos hermanos en los países vecinos que se mantienen al igual que nosotros esta gran e ignorada labor. Le podría estar hablando horas y horas, diptongos formados por dos vocales cerradas, los triptongos… ¡Los putos triptongos! ¡Jodidos triptongos! ¡Aparecen cuando no son dos, sino tres, las vocales que aparecen dentro de una misma sílaba! Hay muchos tipos y los podríamos encontrar en Uruguay o en miau. Y también los hiatos.

Estaba empezando a tener dolor de cabeza, pero la situación era interesante. Quizá no tanto por el tema, si no por la manera en que ese personaje que tenía delante de mí se deshacía en explicaciones.

-Cuando dos vocales se encuentran en contacto dentro de una palabra, pero no forman parte de la misma sílaba, se dice que existe un hiato. La gente olvida los diptongos, olvida los hiatos, pone acentos, quita acentos… ¡Hijos de puta cabrones comemierda! Se lo están cargando todo en pos de una más rápida escritura. Por ganar celeridad, perderemos calidad… Y a la larga, en ese cruel camino dejaremos normas, exclamaciones… signos de interrogación… ¡Diptongos! –exclamó recuperando de nuevo ese color rojo histérico en la cara mientras me señalaba con su índice.

-Si en por ganar tiempo, eliminamos normas y registros… ¿Sabe lo que pasará? ¿Lo sabe? ¡Ganaremos, ganaremos pobreza! ¡Pobreza léxica! ¡Y de aquí unos años cuando necesitemos expresar eso o aquello, no tendremos palabras!

Su tono de voz se volvió a calmar, dejó la copa de vino encima la mesa, me miró, y calló. Dejó caer su cabeza hacia delante, que aguantó con la palma de su mano. Seguía callado, levantó la cabeza, me miró con los ojos llorosos y dijo:

-No estoy loco, no soy ningún esquizofrénico. De joven me llamaban pedante relamido, después me acusaron de tener la cabeza llena de manías. Me preguntaron si tenía neuras… Y yo les respondí que esa palabra no era correcta. Que la debían cambiar por neurosis; claro está si lo que querían expresar era un enfermedad funcional del sistema nervioso caracterizada principalmente por inestabilidad emocional. Pues sí, sí señor cada uno tiene sus ‘neuras’, como dicen ahora. Pero no son gratuitas, nos hacen creer que son culpa nuestra, que ellos son víctimas, que nosotros somos personas raras, inestables, frágiles, aburridas… ¡Hijos de puta!… Perdón… perdón. Le estaba hablando de las palabras. ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí! Ya recuerdo…

Y si no tenemos palabras, no se crea que las recuperaremos, ya no estarán, habrán muerto. Pero nada pasará, dirán que todo tiene solución. Recurrirán a alguna palabra extranjera, emplearán algún gerundio como sustantivo, y será el principio del fin.

¿Aún cree que estoy loco?

-No se me había pasado por la cabeza. Creo que otro día volveré. Ese vino me ha gustado.

-Me lo hago traer por un amigo. Guardo unas botellas para los años difíciles, igual que mis libros. Un momento, no marche.

-Es tarde, le prometo volver.

-Gracias… Amigo. Espere, le voy a dar una cosa.

Me caía bien. Era cierto, pensaba volver. Y no esperaría demasiado. Gawain Winkelmann von Fierenbrass se levantó y se dirigió al mostrador. Hurgó en un cajón, y de él sacó algo que guardo en la mano. Se me acercó y abrió la mano.

-Tenga, yo las guardo. Está sin usar. Guarde en ella la coca o con el roce le manchará la camisa.  Debería haber pedido una bolsa.

La dejó encima de la mesa. Y me ofreció su mano. Yo tendí la mía y así nos despedimos. Se quedó al lado de la mesa esperando que saliera por la puerta. Cuando estaba casi ya en la calle, bajo el quicio de la puerta, me volví y le pregunté:

-¿Gawain Winkelmann von Fierenbrass? ¿Este nombre de qué me suena?

El anciano sonrió y respondió halagüeño:

-¿Recuerda el bálsamo?

-Me parece haber leído algo de un bálsamo… ¿Era suyo, o de su familia?

-Eso se lo contaré otro día.

Volvió a sonreír, dio media vuelta y desapareció por detrás de aquella cortina de terciopelo color burdeos.