Alex Miro

“Un ciervo herido salta más alto”, Emily Dickinson (1830-1886 · Amherst, Massachusetts)

gustave eiffel

Era una cocina amplia y ordenada. En el centro reposaba una mesa bien organizada, repleta de cacerolas, ollas y tapaderas.  En la pared colgaban de unos ganchos cucharones y otros cacharros.

Gustave había tenido una mañana tranquila. Hasta que, ordenando su despacho, encontró en una caja ya olvidada en un armario repleto de archivos, aquello que le provocaría una fuerte migraña durante el resto del día. Lo sostuvo en sus grandes y fornidas manos y lo guardó de nuevo en la caja.

Se puso su recién estrenado sombrero comprado en aquella elegante y selecta sombrerería regentada por Maurice Popitou y se despidió de su ayudante Jacques. Cerró cuidadosamente la puerta de la sala y se dirigió a su casa.

A pesar de su dolencia, entró a la cocina dispuesto a distraerse. Es por ello que pidió a la cocinera que se retirara y le dio el resto del día libre. La concentración que debía conseguir para solucionar aquel nuevo enigma requería estar solo, y no había nunca encontrado lugar mejor que la cocina de su casa para tal fin.

Se dirigió a su flamante armario hermético. Era un preciado regalo de su amigo bávaro Karl von Linde, que gracias a los estudios de éste sobre licuación del aire y la obtención de sus componentes líquidos y otros gases logró una caja de gran utilidad que le permitía guardar en excelente estado de convervación bebidas y alimentos. En aquella época era apenas conocido ese invento en Francia, y ello era motivo de orgullo de Gustave. De este armario que conservaba el frío extrajo un par de huevos que había comprado aquella mañana su cocinera en el mercado.

Inmerso en aquella operación de gran valor culinario, rompió la cáscara de aquellos huevos para batirlos enérgicamente posteriormente. Era curioso, pero con aquella simple operación conseguía largos espacios de concentración e incluso relajación cuando le interesaba. Podríamos decir que sus grandes ideas habían nacido en medio de unos huevos bien batidos o unos huevos bien cocidos. Y era cuando se deleitaba con dichos platos que lograba grandes momentos de lucidez y maestría, como el tiempo demostraría con sus grandes obras.

En aquel momento su cabeza empezó a divagar y a imaginar como quedarían sus trabajos de ingeniería con piezas metálicas en las bocas de algunos jóvenes con dentaduras mal ordenadas. Pero aquello correspondería a otros profesionales, pensó. Por su cabeza pasaron recuerdos de su infancia, en la que disfrutó del cariño de su acomodada familia; y de su juventud en el Licée Royal de Dijon y más tarde en el Collège Sainte-Barbe en París. Su faz iba cambiando a medida que recordaba efemérides más tempranas. Aquella cabeza lo tenía todo perfectamente ordenado y estructurado, y el hecho de hacer aquel descubrimiento aquella mañana en su despacho le había llevado a hacer una gran introspección basada en recuerdos de su vida académica y laboral. Bajó su mano derecha y la dirigió al bolsillo, allí dentro rascó sus habituales picores con motivo de las altas temperaturas mientras abría lentamente y arqueaba su pierna derecha. Después de rascarse ligera y satisfactoriamente, retiró la mano del bolsillo y tiró de la cintura del pantalón hacia arriba. Tardó un par de segundos para poner en orden su cabeza y continuar con sus reflexiones.

Continuó recordando a Auguste Ravel, uno de sus profesores de l’École Centrale des Arts et Manufactures, con el que había polemizado sobre el uso de la triangulación, es decir, técnica de disponer las piezas de una armazón, de modo que formen triángulo. Gustave demostró con creces que con la triangulación se conseguían vigas de una gran longitud y resistencia, que se llamaban vigas reticuladas o arriostradas.

-¿En una feria? ¡Amigo Gustave, me basa su teoría en las casetas de las ferias! Por favor, deje la bebida de una vez, mon Dieu. No intoxique al resto de los oyentes con sus teorías y técnicas –respondió el profesor Ravel mientras dirigía una gran sonrisa a Gustave y al resto de oyentes.

Nuestro amigo sostenía que en esta vida hay dos tipos de persona que ríen, los hipócritas y los simples. Esa mañana se dio cuenta que estaba equivocado, había descubierto a una tercera tipología, los imbéciles.

-Profesor Ravel, permítame que le contraríe. Pero mi teoría basada en la triangulación, y que se pueden observar durante los procesos de montaje y desmontaje de las casetas de feria, con los triángulos que soportan el peso de la lona que las cubre, es tan auténtica y demostrable como las heridas e inicios de hematomas que esconde su querida y fiel esposa en las rodillas después de salir de debajo la mesa atendiendo a sus distinguidos invitados.

-A parte de insultar y ensuciar el nombre de mi familia… ¿Sabe hacer alguna cosa más, monsieur? Pues llevamos tres horas discutiendo sobre sus teorías que se basan simplemente en unas barracas construidas en su mayoría por gitanos y no ha hecho si no insultarme.

-Oh, non, professeur, imagínese a su señora de rodillas y unos brazos desde arriba que toman como vértice la cabeza de ésta. ¡No sabe la presión que puede llegar a ejercer, como si de una viga reticulada se tratara!

– ¡Por favor, Gustave, deje de ensuciar el honor de mi esposa!

-Pido disculpas. Lo único que se ensucia su señora es la cara.

Tomó su sombrero y su bastón y dirigiéndose a los allí reunidos exclamó:

Bonjour mes amis, ya tengo suficiente. Me voy a ver a su señora. Le daré recuerdos.

La sala se convirtió en un amasijo de risas, gritos de desaprobación, silbidos y algún que otro aplauso que hizo que aquel grupo de gentes cultivadas y respetadas perdiera la compostura momentáneamente.

Gustave recordó aquella respuesta y una sonrisa convirtió en mueca toda su cara. Y volvió a centrarse en aquel nuevo quebradero de cabeza. Dejó el plato en la mesa de la cocina y sacó del bolsillo aquella maldita pieza, golpeaba con ella el canto de la mesa mientras con la otra mano se mesaba el espeso y acicalado bigote.

A esas alturas empezó a recordar sus inicios en aquella compañía que fabricaba máquinas de vapor, herramientas y otros productos. En 1858 dicha compañía fue contratada para erigir un puente metálico en Burdeos por lo que recordó si viaje a la región cuna de excelentes caldos.

Fue durante su estancia en dicha población cuando cogieron fama sus célebres reuniones intelectuales con los prohombres de la región.

Gustave sonreía recordando en cuantas ocasiones esas reuniones habían sido interrumpidas por los agentes de la Gendarmerie acabando todos  los asistentes en comisaría, intelectos y damas de la vida incluidas.

Volvía a estar en la su cocina y por más que le daba vueltas al asunto no lograba recordar de dónde procedía aquella pieza metálica.

Era consciente de su gran handicap, pues a pesar de su maestría y técnica su persona se había distinguido siempre por su falta de memoria y despiste.

En una de las recordadas reuniones en su residencia de campo de Burdeos convivió sin él saberlo con Julie, una fina prostituta invitada en una de las célebres reuniones.

Seis días estuvo alojada dicha dama en su casa sin darse nuestro amigo cuenta de dicha inquilina. Ni una vez se cruzaron en aquella casa con dos alas y doce dormitorios.

Madame Bredoteaux, su ama de llaves, desconocedora de tal equívoco, no aceptaba moralmente tal situación. Pero debido a su respeto a la persona de Gustave y a su vida privada no so consideró de su incumbencia y se limitó a servirla como si de un huésped del señor se tratara.

Gustave podía someter, y lo hacía con frecuencia, su cabeza a difíciles cálculos, cifras, logaritmos y ecuaciones. Una persona que había exprimido al máximo la técnica de la triangulación y había trabajado con vigas de una gran longitud y una mayor resistencia que las vigas macizas, que se emplearían en la construcción de grandes edificaciones que necesitan amplias zonas voladas y sin pilares, como en la de puentes de una gran luz, poseía una facultad extraordinaria de  almacenar frecuentemente en su cabeza de forma diaria cálculos y planos. Y era quizá por ello que se veía incapaz de saber donde había dejado el sombrero de chez Popitou cada mañana.

Pero su quebradero de cabeza era aquella pieza de acero. Era un remache, había visto cientos en toda su visa. Pero su problema era que no sabía de dónde procedía aquel remache maldito.

Aquella misma mañana le llegó una terrible noticia por boca de madame Bredoteaux. Una torre de hierro forjado que él había diseñado y construido estaba a punto de desmoronarse. Uno de sus arcos había cedido. Aquella imponente torre con sus 6.300 toneladas de hierro forjado se estaba cayendo.

Sacó aquel enorme remache de la caja y lo observó detenidamente en presencia de madame Bredoteaux. Ambos estuvieron unos instantes en silencio. Lentamente levantaron sus cabezas y se miraron. Sus miradas se cruzaban, pero sus pensamientos estaban en la torre y en aquel remache. Madame Bredoteaux, volvió a mirar fijamente el remache y su boca se abrió sin soltar sonido alguno. Gustave asía con su mano aquel remache.

Años y años de experiencia, prestigio, fama mundial y porqué no gloria, pasaron por la cabeza de Gustave. Aquel despiste no era propio de un genio de su talla. Qué pasaría si las gentes de París fueran sabedoras de tal desastre. Aquel remache era era el problable motivo del desastre.

Gustave miró a madame Bredoteaux, abriendo su boca y mostrando su más inocente sonrisa. Cuando ésta intentó responder a la mueca aparentemente simpática y cariñosa del ingeniero, su faz se desfiguró a causa de un gran golpe en su cara. Aquel frío y duro remache se estampó en la cara de madame Bredoteaux.

Ésta cayó de bruces encima la mesa del salón. Tenía la mandíbula rota, sangraba por la boca y por debajo del ojo, pero aún estaba con sentido, sus débiles manos la ayudaron a apoyarse en el borde de la mesa. Cuando intentaba darse cuenta de qué había sucedido y levantaba su cabeza, sólo tuvo tiempo de ver a Gustave un instante.

Con los ojos enrojecidos por las lágrimas, pero con una sonrisa que le daba un cierto semblante maquiavélico, la miró con cara lastimosa y soltó un sentido chasquido.

Levantó lentamente de nuevo el remache teñido de carmín y en un santiamén aquel brazo asesino descargó con toda su fuerza sobre su víctima una ira nunca vista.

Un certero y último golpe fue asestado en la cabeza del ama de llaves con aquella pieza. Un sonido seco seguido de un crujido se oyó en la sala. Una masa gris manchada de sangre afloró de la cabeza. Restos de masa gris cayeron al desprenderse del remache mientras lo separaba del cráneo.

Gustave se sacó el pañuelo del bolsillo y limpió cuidadosamente el metal bruñido.

Aquella mujer reposaba en el suelo boca arriba y despatarrada con un brazo sobre su pecho, la cara desfigurada con su boca abierta y su cabeza partida en dos.

Un charco de sangre espesa empezó a formarse bajo la tez de la mujer.

Allí yacía madame Bredoteaux, con un ojo fuera de su cavidad y sangre, mucha sangre a su alrededor. Mechones de cabello gris se empapaban de carmín formando una combinación de colores extraña que en pocos minutos se secarían dejando una imagen burlesca, los mechones, el ojo, la boca.

Instintivamente, Gustave, se pasó la lengua por el labio. No se había dado cuenta hasta ese momento. Un sabor dulzón le llegó al paladar, era cálido, familiar.

Se pasó la mano por encima de su boca y descubrió sus dedos color escarlata. Se dio la vuelta y se miró al espejo del salón. Era sangre. Sangre por toda su cara. Sangre que le caía por encima de la ceja, sangre que discurría por entre su bigote. Sangre que estaba a punto ya de secarse.

Se frotó la cara con el pañuelo manchado y lo dejó caer encima el cuerpo de madame Bredoteaux y le dirigió una última mirada al cuerpo inerte.

Sacó el reloj del bolsillo, miró la hora, lo guardó. Quedó pensativo, miró la escena. Se dio la vuelta y marchó. Al llegar la puerta del salón, giró la cabeza y miró de nuevo a su ama de llaves antes de hacer un pequeño comentario.

-Puesto que esta noche ceno fuera no hace falta que me espere de pie.

Y por favor, no me mire con esa cara.

 

 

Alexandre Gustave Eiffel fue un ingeniero francés, especialista en estructuras metálicas. Su construcción más famosa es la Torre Eiffel. Construida entre los años 1887 y 1889, para la Exposición Universal de 1889 en París.